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A lo largo de la vida, nuestra forma de pensar y de actuar va variando en función de nuestras necesidades y deseos, modos de relación, oportunidades, conflictos, procesos de enfermedad, envejecimiento, etc.

Así, nuestra capacidad personal para afrontar y resolver las vicisitudes de la vida se ve constantemente influenciada por el contexto en el que nos movemos y, a la vez, condicionada por la forma en que procesamos y entendemos la información que nos llega.

Es en este punto donde la neuropsicología trata de explicar de qué modo y en qué medida nuestro funcionamiento cerebral puede condicionar la forma en que nos desenvolvemos en nuestro día a día.

De forma habitual, se considera recomendable la realización de una valoración cognitiva cuando se presentan síntomas o quejas relacionadas con la memoria, la atención o el razonamiento.

Los cambios o dificultades persistentes a la hora de concentrarse, de memorizar o recordar acontecimientos o información relevante, de expresarse y comprender; así como la aparición de episodios de desorientación, cambios bruscos de humor, comportamientos claramente inadecuados, pérdida de iniciativa, etc… son signos que pueden deberse a causas psicológicas, médicas, neurológicas o genéticas y que requieren de una evaluación neuropsicológica.